Antecedentes Historicos De La Television En El Mundo

Antecedentes Historicos De La Television En El Mundo

Discurso Televisivo

La globalización o mundialización de la cultura (Featherstone, 1990. Ianni, 1996. García Canclini, 1995) en tanto articulación mundial de corrientes comunicacionales indiferenciadas es entendida como un horizonte que permite la emergencia difusa de identidades nacionales, regionales o locales. La percepción de lo local y lo extra-local como espacios simbólicos interpenetrados refuerza la necesidad de reflexionar acerca de la redefinición de culturas locales y de la emergencia de tendencias a la regionalización.

Desde esta perspectiva resulta pertinente explicar el funcionamiento de las culturas locales para entender no sólo hasta donde lo global atraviesa lo local, sino también cómo lo local filtra lo global; entender cómo las identidades se redefinen y el peso de lo cercano compensa, a veces, la percepción de un mundo percibido como indiferenciado.

La interacción de esta nueva diversidad se hace particularmente palpable en la televisión a partir del cruce de programas de variados orígenes produciendo enormes efectos culturales (Sparks, 1998. Cunningham, 1998) y es nuestra intención revelar como en todo este tránsito confuso y difuso interactúan rasgos heterogéneos de la cultura global, de la idiosincracia nacional y particularismos locales. Entendiendo que la clásica diferencia entre lo global -asimilado a una multiplicidad heterogénea- y lo local -entendido como la cultura anclada en lo nacional- resulta inapropiada a nuestro estudio, es que optamos entonces por explicar las negociaciones de sentido que se producen entre discursos televisivos producidos en la ciudad de Río Cuarto (local), programas producidos en Buenos Aires (nacional) y los híbridos mensajes de procedencia extranjera diversa (global). El análisis de programas locales desde esta perspectiva no resulta simple pues los particularismos locales se esconden detrás de rasgos nacionales y globales condicionados por producciones de bajo costo. La redefinición desde miradas locales de los flujos globales o nacionales despierta el interés por advertir aquellos aspectos que a través del funcionamiento enunciativo, de retóricas y de tópicas dóxicas y axiológicas (Angenot, 1989) se enhebran a la particularidad de la ciudad a partir de la euforia de lo “próximo”.

La clásica definición de Discurso como un mensaje situado3, en relación con un tipo particular de discursos -el televisivo- nos lleva a considerar la problemática de la enunciación como un efecto de sentido que en un texto construye una particular situación comunicativa entre un Enunciador4 y un Enunciatario5 (Charaudeau, 1982. Steimberg, 1991). Para Verón (1984–1985–1988) las modalidades del decir construyen un “contrato de lectura”5 cuyo análisis permite fijar con mayor exactitud la especificidad del sentido construido en los discursos mediáticos caracterizados por una concurrencia de contenidos y temas según el universo de consumidores previsto. El análisis de un corpus constituido por programas televisivos producidos en Río Cuarto a través de sus dos canales (un canal abierto y uno de cable) revela que es fundamentalmente a través del contrato de lectura que se construye una visión eufórica de lo local 7.

I) El Contrato Enunciativo

El análisis de los discursos revela una relación Cómplice entre enunciador y enunciatario. Verón (1984–1985) define así al diálogo simétrico entre un Yo y un Tú que comparten saberes y deseos y que se evidencia, entre otras marcas, a partir de la abundancia de implícitos (Ducrot, 1987), la apelación directa y el reenvío permanente a objetos culturales conocidos por ambos.

En los discursos televisivos las figuras enunciadoras se articulan en una multiplicidad compleja de voces, pero es la jerarquía de esta polifonía la que determina que sean los conductores de los programas quienes expliciten la figura del enunciador (González Requena, 1988. Verón, 1983). Por su parte, aunque a veces se incorpore puntualmente en la actividad enunciadora a los representantes de los enunciatarios -a través de la llamada telefónica o la encuesta callejera- es por medio de la apelación directa de los presentadores o por la figurativización de roles asignados, que se configura un enunciatario-televidente, que en estos programas locales se caracteriza por ser, prioritariamente, un vecino-habitante de Río Cuarto. Entendiendo por éste a personas que cohabitan en un mismo espacio físico, que poseen una percepción similar del mismo y una manera de vivir y actuar en dicho lugar, estando presente la idea de comunidad y convivencia.

La relación cómplice entre enunciador-conductor/a y enunciatario-vecino resulta del encuentro de ambos en su identificación con lo local, ambos sujetos se construyen como “vecinos de Río Cuarto” y, en tanto tales, comparten intereses, códigos, saberes y valores que fundamentan la atracción por las mismas problemáticas locales. La complicidad se funda pues en la convivencia en un mismo espacio -la ciudad- y en retóricas y tópicas que refuerzan la idea de comunidad. El funcionamiento discursivo cómplice descansa en la confianza y la familiaridad (Verón, 1983) que se generan a través del presentador, también vecino, que habla, pregunta y responde apelando al enunciatario para devolverle su propia palabra nutrida de lugares comunes y estereotipos que, en este caso, caracterizan a una doxa local (González Requena, 1988).

La ciudad un lugar de encuentro

Enunciador y enunciatario, en tanto vecinos, comparten el espacio físico de la ciudad construido como de dimensiones moderadas. La circulación de los vecinos por los mismos lugares, el “cruzarse” en la calle, los frecuentes encuentros entre los conductores, los invitados y los televidentes son hechos insistentemente evocados en los programas. Así, el conductor de “La Trama” se refiere al riocuartense como a un “compinche” del programa, un amigo que frecuentemente “lo para en la calle para sugerirle temas a tratar”. La complicidad anclada en la familiaridad resultante del encuentro y de la comunidad de intereses posibilita, a su vez, la mutua colaboración. Las cuestiones que preocupan o divierten a los enunciatarios-vecinos son precisamente las que los programas plantean como “lo que interesa”, destacando a menudo los conductores: “Usted es lo importante”. En tanto el conductor siente como el vecino porque es uno de ellos, el enunciatario se configura a través de la opinión de “la calle”, lo que “la gente comúnmente dice”. Una relación afectuosa de amigos es la que se establece entre ambos y la permanente preocupación del enunciador por las inquietudes del enunciatario, siempre atendidas, explicitan que es al vecino a quién se le otorgan todos los derechos. La opinión o lo que le sucedió a un vecino es lo importante, atañe a todos -televidentes, conductor, invitados- y se construye como paradigmático. La relevancia de la Anécdota, verdadera “cita autoridad” (Podetti, 1994), cobra valor genérico y de testimonio legítimo del resto de los riocuartenses.

La gran familia riocuartense

A través de la configuración de estos sujetos enunciativos, los discursos contribuyen a construir una manera de ser del riocuartense. El vecino de Río Cuarto quiere a su ciudad y a su gente, es localista y solidario. A la vez emprendedor y progresista, exhibe, sin embargo, ciertos valores conservadores tradicionales. Por ejemplo, la identificación enunciador/enunciatario se presenta muchas veces bajo la modalidad del uso del “nosotros inclusivo”, el “Yo más Tú”, huella de un dispositivo que hace posible la identificación conductor/televidente (Verón, 1983) ancla la simetría al compartir, de una manera asumida como natural, la inferioridad de la mujer: Silvana, la conductora de “Un, dos, trece”, le dice a la participante: “No somos así las mujeres”. También los valores cristianos se configuran como compartidos cuando los conductores apelan a la “solidaridad cristiana”, o dicotomizan el espectro de opiniones entre “quienes opinan como la iglesia católica” y “los otros” (“La Trama”). Sólo dos opiniones se legitiman, negando la posibilidad de una tercera y anulando la posibilidad de aceptar o rechazar ambas (Podetti, 1994).

El enunciador-conductor, en tanto riocuartense, reconoce y aprecia el valor de la región colindante, consecuente y fiel a la ciudad, y con la que se comparten intereses zonales y programas televisivos producidos en Río Cuarto. Si Río Cuarto es una gran familia, la región es entonces la familia extendida, actualizándose en este caso el lugar común de la calidad (Maingueneau, 1980) que implícita o explícitamente subyace a la disputa entre este lugar común asociado a pequeñas poblaciones y ciudades y el de la cantidad identificado con la abundancia propia de ciudades más grandes.

La ciudad construida como un espacio pequeño tiene la ventaja de favorecer una comunicación más fluida entre los vecinos -el encuentro en la calle, detenerse a hablar porque hay tiempo- y aunque ofrezca menos posibilidades que Buenos Aires en algunos aspectos, la solidaridad y el afecto son lo esencial para una vida feliz. No obstante, su desventaja está en la ausencia de anonimato que exige una mayor discreción. Por ejemplo, si el conductor alude a un vecino conocido por todos y que ha actuado de manera impropia, aclara que no va a nombrarlo para “no escracharlo”.

Río Cuarto se configura como un mundo feliz de vecinos y amigos y nuevamente es el lugar común de la calidad por sobre el de la cantidad el que fundamenta la idea con firmes anclajes en ciertos presupuestos dóxicos que bien pueden ilustrarse en refranes tales como: “lo bueno viene en envase chico”. En Río Cuarto todo es de dimensiones moderadas, desde el tamaño de la ciudad, el shopping, la oferta de espectáculos hasta los premios de los programas de juego. El acuerdo argumentativo en el que se basa esta percepción se asienta en una jerarquía de valores que el mismo discurso establece (Perelman, 1989): el valor de la humildad se jerarquiza por sobre el de la abundancia en virtud de privilegiarse la buena intención, el afecto, la comunicación, la solidaridad.

La construcción de la ciudad como un espacio pequeño surge también del diálogo entre conductores y participantes que llaman por teléfono en donde los conductores los reconocen por la voz o por el nombre pues ya han llamado antes o se han encontrado recientemente en la calle. El contacto, la comunicación y el afecto de los vecinos en un espacio pequeño configura la idea de una familia riocuartense que comparte una casa humilde pero orgullosa. Si Río Cuarto es una familia, el núcleo que favorece el vínculo y el diálogo es la televisión y sus conductores. A diferencia de los conductores televisivos de los canales nacionales, y mucho mas aún de los de emisiones televisivas globales, los presentadores-vecinos de la ciudad no son stars impersonales e inabordables. Salguero (“La Trama”), Silvana (“Un, dos, trece”), Whebe (“Bar Imperio”) o Ghirard (“Nuestra Salud”) son solamente otros vecinos cuya trabajo es hacer televisión.

El conductor televisivo: un mediador local

Algunos programas que se caracterizan por el intercambio entre el presentador e invitados con quienes se analiza un determinado tema plantean situaciones singulares. Estos sujetos invitados hablan en nombre propio y, si bien su discurso está mediado por el del conductor (Verón, 1983), imponen otra voz enunciativa puesta de manifiesto a través de la idoneidad o conocimiento del tema tratado. Los enunciadores-invitados son siempre riocuartenses cuya legitimidad resulta de ser referentes de la ciudad por la actividad que en ella desarrolla.

La interacción entre conductor e invitados toma la forma de un discurso cuyo objetivo es prestar un servicio de información o reflexión, funcionando el presentador como el intermediario entre los invitados y los intereses del enunciatario-vecino. El conductor, poniéndose en el lugar del vecino y haciendo gala del respecto que le merece, exige en su nombre, es su portavoz, estableciendo una distancia con el invitado que es quién debe dar explicaciones a los riocuartenses. Conductor y televidente se confunden en un “nosotros los vecinos que tenemos derechos”, siendo el invitado el sujeto del deber. La televisión y el programa se instauran así como los intermediarios de esa comunicación; hacer justicia enfrentando a los dos extremos locales de una problemática es su misión.

La familiaridad e idea de comunidad surge asimismo porque entre el conductor, sus invitados y el televidente que llama por teléfono siempre existe alguna relación: o se conocen -y a veces desde hace mucho tiempo-, o se “cruzan” frecuentemente por la calle, o comparten tareas laborales en otros ámbitos.

II) Funcionamiento enunciativo y Retóricas nacionales o globales en un foco local

Si bien los discursos revelan una fuerte densidad de lo local anclada en la complicidad entre los sujetos discursivos, es a partir de los recursos retóricos utilizados que los discursos televisivos locales se integran en el tejido difuso de los programas nacionales y globales de géneros y características similares.

La necesidad de mantener el contacto con el cliente-televidente y la simetría enunciador-enunciatario puesta de manifiesto en la Llamada Telefónica se recontextualiza en los programas locales sin perder el tinte local: en las conversaciones informales con el televidente los comentarios giran en torno a hábitos propios de ciudades chicas, sabemos qué cosas nos gustan o nos molestan, al estilo de: “En Río Cuarto somos pocos y nos conocemos mucho”. El enunciatario-vecino opina o pregunta de una manera más comprometida y la informalidad en la interacción se pone de relieve cuando el conductor o el invitado y el televidente que llama por teléfono se conocen, son amigos o comparten una situación laboral. Todos son riocuartenses subrayándose la comprensión mutua de modo que, aún la diferencia de ideas no daña la armoniosa convivencia, los vecinos están siempre abiertos al diálogo y el lugar para la aclaración o la reconciliación es el programa televisivo.

Los programas locales re-producen estrategias utilizadas en programas nacionales para asegurar el contacto o consensuar una idea convocando a la participación y al testimonio de los protagonistas a través de la palabra otorgada al enunciatario. De allí la legitimidad que cobra la Encuesta Callejera, una “cita autoridad” (Podetti, 1994) que pone en funcionamiento una complicidad fundada en la confianza del enunciatario deseoso por conocer lo que piensan su conciudadanos. Este recurso reiteradamente utilizado en programas nacionales fluye a la televisión local en donde la “voz de la calle” se convierte en la del “vecino riocuartense”.

Otros recursos retóricos empleados en programas nacionales y globales de variedades y entretenimientos se integran en los discursos locales adaptándose a las propias condiciones productivas. Nos referimos al discurso vaciado de contenido que en la expansión de lo fático vacía también de identidad diferencial a enunciador y enunciatario privilegiando el puro contacto cómplice. Un discurso cargado de estribillos que se repite y habla de todo para no decir nada, banal y redundante y que se hace accesible a un enunciatario compatible (González Requena, 1988). En el mismo sentido funcionan la charla y la actitud informal entre los conductores y con el “maestro” que toca música en el programa y las bromas a que se someten los conductores por parte de sus colegas en el piso. Como en los clásicos programas de “chimentos y rumores” de la televisión nacional, también en los programas locales a menudo la broma o la crítica más audaz se pone en la voz en off de una mascota que dice lo más atrevido desentendiendo a los conductores de las cuestiones más comprometidas. La aparición de los conductores al comienzo de los programas va acompañada de aplausos, bromas y lluvia de papelitos y “Un, dos, trece” o “Tele-visión” dialogan de este modo con “Video-Match” u otros programas del tipo de la televisión nacional. La charla entre los conductores y los televidentes que llaman por teléfono para participar ronda siempre por los mismos lugares comunes “¿qué estás haciendo en este momento?”, “¿con quién estás?” cuando la participante es mujer y adulta ; “¿estás de novio/a, para cuándo el casamiento?”, “¿te llevás bien con tu suegra?” cuando se trata de jóvenes. Y del mismo modo, los programas locales asimilan la índole de los juegos, los concursos a partir de etiquetas del producto que auspicia el programa, las respuestas de los televidentes con fórmulas prefijadas, etc. La marca de lo local se evidencia en estos casos en el conocimiento previo entre los participantes y conductores, en el reconocimiento de televidente por la voz o por el nombre y en cuestiones relativas a las condiciones de producción, como por ejemplo, el calibre de los premios.

El enunciatario de los programas televisivos -ya sea globales, nacionales o locales- admite siempre ciertas características propias en función del género de los mismos y las peculiaridades de sus contenidos. La particularidad local en este caso es que estos rasgos aparecen resemantizados a partir de otro predominante: ser un vecino de Río Cuarto. Así, en algunos programas se trata de un vecino adulto preocupado por problemáticas actuales pero ancladas en la ciudad (“La Trama”, “Nuestra Salud”). En otros casos se trata de un enunciatario-vecino joven o adulto que desea divertirse, participar de un juego y entablar un diálogo informal con los conductores (“Un, dos, trece”, “Tele-visión”, “Bar Imperio”). En otros programas, este Tú posee intereses más específicos relacionados con su profesión o actividad, pero siempre contextualizados en lo local

(“Arquitectura”).

III) Tópicas y Contenidos nacionales o globales filtrados por la mirada local

En tanto lo que pasa en la ciudad es lo que importa, es la mirada local la que filtra la percepción de cuestiones de trascendencia nacional o global. La euforia de lo local se pone de manifiesto en la re-contextualización de problemáticas nacionales o globales cuando los discursos evidencian que lo valorado negativamente no forman parte de lo que pasa en Río Cuarto, o se dan aquí en menor medida.

En el juego de hibridaciones los programas locales no escapan al contagio de tópicas y simbología nacionales y globales. Sin embargo, en esta dinámica de reenvíos observamos dos funcionamientos: 1) por un lado, lo nacional se entreteje a lo local para asimilarse a éste o para diferenciarse; 2) por otro lado, lo nacional se desdibuja como resultado de un funcionamiento global irreversible.

Pero en cualquiera de los dos casos es la mirada local la que focaliza la problemática desde una perspectiva singular.


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